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TEATRO CERVANTES

 

Los teatros son edificios que poseen un fuerte impacto volumétrico.  Esto se manifiesta de especial manera en entornos tan frágiles como    los de Álora, localidad asentada sobre la ladera de un monte, en la que predomina la vivienda unifamiliar alineada de dos alturas que se adapta siempre a su fuerte topografía.

 

Se consideró como premisa de partida el atenuar la presencia de la torre de escenario, necesaria para el desempeño de las actividades teatrales, para que su altura evitase romper la armonía preexistente. La sala, con unas dimensiones de 21x14m, podía disponerse de tal manera que su lado largo quedase perpendicular a la prolongación de la calle inferior.

 

La topografía en ladera ofrecía la posibilidad de encastrar la torre en el monte, sus volúmenes más altos, almacén y torre de escena, quedan empotrados y la propia cubierta de la sala pretende ir alcanzando altura hacia la torre, para así tamizar también la misma. La cubierta de amplios faldones de teja viene a ser una recuperación de la ladera perdida.

 

El exterior blanco inmaculado como Álora. Los matices los aportan las diferentes texturas de un edificio que vibra con lo que acontece en su interior.

 

El acceso se efectúa desde la cara oeste del mismo. Creándose una pequeña plaza empedrada y pudiéndose así entrar al Teatro Cervantes como si se hiciera desde una “era” más del Guadalhorce, con el sol del ocaso a la espalda, atravesando los vidrios del vestíbulo, hasta el fondo. El vestíbulo se convierte en el verdadero escaparate del edificio y en su única y gran ventana. Se accede al vestíbulo revestido en piedra, como a una caverna, hacia la platea.

 

La sala de forma rectangular guarda una proporción que la favorece acústicamente. En su interior predomina el azul noche en sus techos y paredes, que permiten que el protagonista de ese espacio sea el escenario. Suelo y zócalos subrayan ese calor de la reunión, que espera al siguiente acto, sobre las tablas.

 

Fotografia: Pablo Fernández Díaz-Fierros